loader image

Trauma transgeneracional: lo que llega de antes de ti

Tabla de contenidos

Hay miedos que no empezaron contigo. Mirarlos con calma puede devolverte algo de libertad para decidir qué quieres seguir llevando.

Lo que se vivió en tu familia también encuentra un lugar en ti

Quizá en tu casa siempre flotaba la sensación de que algo malo podía pasar en cualquier momento. Quizá creciste escuchando que era mejor callar, aguantar y seguir adelante. Y ahora, ya adulto, te descubres repitiendo algunas de esas formas de protegerte, aunque una parte de ti quiera vivir de otra manera.

A veces buscamos de dónde viene lo que sentimos y la respuesta parece no estar en nuestra propia vida. Está un poco más atrás, en lo que vivieron quienes nos cuidaron, y en lo que a ellos les tocó recibir. Mirar esa historia, a tu ritmo y con acompañamiento, es una parte del trabajo que hacemos en terapia de trauma. Crecer en una familia atravesada por el sufrimiento deja huella, y también deja espacio: los vínculos seguros, los apoyos y la atención psicológica abren caminos que antes no estaban.

Qué es el trauma transgeneracional

Llamamos trauma transgeneracional a la forma en que las experiencias traumáticas de una generación pueden seguir teniendo efectos en las siguientes. Se ha estudiado sobre todo en hijos y nietos de personas que sobrevivieron a guerras, persecuciones, dictaduras y desplazamientos forzosos, aunque también aparece en historias familiares más silenciosas: violencia en casa, pérdidas tempranas, migraciones, pobreza.

Para entenderlo, conviene mirar lo que ocurre después de lo traumático. Cómo queda la persona que lo vivió, con qué ayuda pudo contar, cómo su malestar se fue colando en la convivencia y en el cuidado de quienes dependían de ella.

Pensemos en alguien que, años después de haber vivido violencia, sigue sintiéndose en peligro. Le cuesta descansar, le cuesta estar disponible. Sus hijos crecen dentro de ese clima, lo respiran, y se adaptan a él. Nunca vivieron el acontecimiento inicial, y aun así su cuerpo aprendió a estar alerta.

Mario Salvador describe el trauma como un dolor que no pudo ser digerido. Lo que una generación no pudo procesar, porque no hubo tiempo, palabras o personas que sostuvieran, sigue buscando un lugar. La transmisión ocurre por esa vía: a través del clima emocional, de los gestos, de lo que se dice y de lo que se calla. Los recuerdos de los padres siguen siendo suyos, y lo que llega a los hijos es una forma de estar en el mundo. Esa influencia es posible, y también puede cambiar.

Intergeneracional o transgeneracional

Verás las dos palabras, y a menudo se usan como sinónimos. En sentido estricto, intergeneracional se refiere a lo que pasa entre una generación y la siguiente, de padres a hijos. Transgeneracional pone el acento en una continuidad que atraviesa varias generaciones, hasta los nietos o más allá.

En investigación biológica la distinción es más exigente: se reserva lo transgeneracional para efectos en generaciones que nunca estuvieron expuestas, ni siquiera durante el embarazo. Por eso, cuando leas sobre este tema, merece la pena fijarse en qué se ha estudiado realmente.

Cómo viaja de una generación a otra

Las revisiones de Flanagan y colaboradores y de Sangalang y Vang, realizadas en su mayoría con familias refugiadas, describen varias vías posibles. Ayudan a comprender mecanismos, y cada familia sigue teniendo su propia historia.

Lo traumático rara vez se transmite contándolo. Llega de formas más sutiles, a través de lo cotidiano: la manera en que te miraban, lo que se podía decir en la mesa, el tono de la casa cuando alguien llegaba cansado o asustado.

Cuando una madre o un padre sigue sufriendo, estar disponible para las emociones de un hijo se vuelve más difícil. A veces el miedo lo ocupa todo y aparece la sobreprotección. Otras veces el dolor se protege con distancia. Y el niño, que necesita ese vínculo para crecer, se ajusta: aprende qué puede mostrar, cuándo acercarse, qué tiene que callar para no preocupar. Gabor Maté habla de estos ajustes como respuestas inteligentes a lo que había, y recuerda algo que alivia muchas culpas: los padres suelen transmitir aquello que a ellos tampoco les ayudaron a sanar.

En esas casas, muchas veces, lo que más pesa es lo que no se nombra. Los niños perciben el dolor aunque nadie lo explique, y lo que queda sin palabras se queda flotando como una tensión en el aire. Otras veces ocurre lo contrario, y el niño se convierte en confidente de un sufrimiento adulto que no le corresponde sostener. En los dos casos aprende pronto a cuidar antes que a ser cuidado.

Y todo eso se guarda también en el cuerpo. Bessel van der Kolk recuerda que el cuerpo lleva la memoria de lo vivido, y un niño regula su sistema nervioso al lado del de quien le cuida. Si ese adulto vive en alerta, el niño aprende la alerta como forma de estar en el mundo. Por eso hay personas que, con una vida tranquila hoy, sienten una inquietud en el pecho o una vigilancia constante que no saben de dónde viene.

Esa historia se escribe además dentro de unas circunstancias. La precariedad, la migración, la discriminación o la falta de una red de apoyo pueden alargar el estrés mucho después de lo traumático, y hacen más difícil cuidar como a uno le gustaría. Mirar la historia familiar es también mirar el mundo en el que esa familia tuvo que sostenerse.

Quizá al leer esto aparece alguna escena de tu propia casa. Puede ser un buen lugar para quedarse un momento, sin prisa por entenderla del todo.

«Hay historias que nadie cuenta y que, aun así, se sientan cada día a la mesa».

¿El trauma se hereda en el ADN?

Quizá has leído que el trauma queda grabado en los genes y pasa de padres a hijos. La epigenética, que estudia cómo se activan o se silencian los genes, ha encontrado algunas señales de que el estrés puede dejar huella, también en la descendencia.

En las personas, todavía está por demostrar. Es muy difícil separar lo biológico de todo lo demás: el embarazo, los cuidados, la casa en la que se crece. Un artículo reciente en Trends in Genetics lo revisa con detalle, y recuerda que hablar demasiado pronto de herencia biológica puede acabar señalando a las familias.

Lo que sí sabemos es que lo vivido puede trabajarse. Y para eso, más que el ADN, lo que importa es tu historia.

Lo que puedes estar sintiendo hoy

Quizá te reconoces en la dificultad para confiar, en sentirte responsable del ánimo de los demás, en la necesidad de tenerlo todo previsto. Quizá en un enfado que aparece de golpe y te asusta, o en una sensación de valer menos que no sabes de dónde sale. Si alguna de estas cosas te resuena, puede que encuentres algo también en lo que escribí sobre por qué parece que me enfado por todo o sobre sentirse inferior a los demás.

Es comprensible querer saber de dónde viene. Estas experiencias tienen muchas causas posibles, y la historia familiar es una de ellas. Una valoración psicológica permite mirar tu vida actual, lo que has vivido tú y las relaciones en las que aprendiste a protegerte, sin encajarte en una etiqueta.

Y hay algo que muchas personas sienten al acercarse a este tema: la lealtad. El miedo a traicionar a la familia por mirar lo que dolió. Puedes querer a quienes te cuidaron y reconocer, a la vez, que algunas cosas te hicieron daño. Comprender sus dificultades amplía la mirada, y tu dolor sigue mereciendo atención.

También se heredan los ángeles

Alicia Lieberman, años después de Fraiberg, propuso mirar el otro lado: los ángeles en la habitación del niño. Los momentos en los que alguien te hizo sentir querido, visto, a salvo. Una abuela que escuchaba, una tía que te llevaba al parque, un profesor que vio algo en ti.

La historia familiar también está hecha de recursos, de afecto, de maneras de salir adelante que pasaron de unos a otros. Recordarlos forma parte del trabajo, porque desde ahí se construye lo nuevo.

Cómo lo trabajamos en terapia

En Laura Moreno Psicología trabajamos desde una terapia de trauma online con enfoque integrador. Eso significa adaptar el proceso a tu historia, y tener en cuenta tus emociones, tus vínculos, tu cuerpo y las condiciones de tu vida actual.

Comprender tu historia a tu ritmo

Empezamos por escucharte. Podemos explorar cómo se respondía en tu familia al miedo, al enfado o a la necesidad de consuelo. Trabajamos con lo que sabes y con lo que sientes, y no hace falta reconstruir hechos desconocidos ni descubrir un secreto familiar para empezar a sentirte mejor.

Construir seguridad antes de ir a lo difícil

El sistema nervioso que aprendió a estar en alerta solo puede soltar cuando percibe que es seguro hacerlo. Por eso el proceso cuida el ritmo, la colaboración y tu participación en cada decisión. Aprendemos a reconocer cuándo te estás desbordando, a encontrar recursos para regularte y a pedir apoyo.

Trabajar lo que sigue doliendo

Cuando hay recuerdos traumáticos o síntomas que lo necesitan, valoramos un tratamiento específico, como la terapia EMDR, que ayuda a que lo vivido pueda procesarse y deje de sentirse como si estuviera ocurriendo ahora. La elección parte de una valoración clínica y de tus preferencias, y siempre se trabaja sobre tu propia experiencia y sus efectos en el presente.

Ensayar otras formas de relación

El cambio también se construye en lo concreto: decir que no, compartir una necesidad, sostener un desacuerdo sin romper el vínculo. En ocasiones, aprender a poner límites sin sentir culpa forma parte de ese proceso de construir relaciones diferentes a las que conocimos. La relación terapéutica es uno de esos lugares donde se puede ensayar.

Si eres madre o padre y te preocupa lo que puedas estar transmitiendo, esa preocupación ya habla del cuidado que pones. Buscar ayuda para ti es también una forma de cuidar el vínculo con tus hijos. Te puede acompañar lo que escribí sobre cómo dejar de sentirte mala madre. Y si no tienes hijos, tu bienestar merece exactamente la misma atención.

Por dónde empezar a mirar

Puedes empezar por algo pequeño y reciente. Un momento en el que te costó decir lo que necesitabas: qué pasó, qué sentiste en el cuerpo, qué temías que ocurriera. Y después, despacio, preguntarte si ese temor se parece a algo que se respiraba en casa.

Junto a eso, dale un lugar a lo que te protegió. La persona que te escuchó, la amistad donde puedes ser tú, esa forma de cuidar que sí quieres conservar.

Si mirar esto te remueve demasiado, recuerda que hay historias que se miran mejor acompañadas. Puedes contactarnos en Laura Moreno Psicología rellenando el formulario de contacto. Para empezar, basta con lo que te está pasando hoy.

¿Podemos ayudarte? Contáctanos

De conformidad con la Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales y Garantía de los Derechos Digitales relativo a la Protección de las Personas físicas, y conforme a disposiciones reglamentarias reflejadas en el Reglamento (UE) 2016/679 del Parlamento Europeo y del Consejo de 27 de abril de 2016, le informamos que sus datos personales serán tratados por Laura Moreno Gómez, con el fin de gestionar su solicitud y el mantenimiento de las relaciones profesionales y comerciales con usted. Este tratamiento de datos es necesario para atender su solicitud. Sus datos serán eliminados pasado un tiempo prudencial desde que atendamos su solicitud. Ud. Puede ejercer sus derechos de acceso, rectificación, supresión, portabilidad, limitación del tratamiento de sus datos y a no ser objetos de decisiones automatizadas dirigiéndose a Laura Moreno Gómez, a lauramorenopsicologa@gmail.com acompañando copia de su DNI acreditando debidamente su identidad. En cualquier situación, Ud. tiene derecho a presentar una reclamación ante la Agencia Española de Protección de Datos. Sus datos serán tratados por Laura Moreno Gómez con la finalidad de gestionar su solicitud y podrán ser comunicados a psicólogas colaboradoras independientes para la prestación del servicio de atención psicológica, previo a su asignación. La base legal para esta comunicación es su consentimiento.